«La libertad de la patria no tiene color, hereda la fuerza de quienes pisaron esta tierra desde el principio de los tiempos»
Contemple la encarnación de la fiereza, la nobleza y la valentía temeraria que defendió el suelo americano. Esta imponente escultura rinde tributo a un ejército invisible en las crónicas tradicionales, pero indispensable en los campos de batalla: las comunidades indígenas de la Nueva Granada. Con la lanza firmemente empuñada y el escudo al brazo, esta figura representa a los guerreros de las distintas regiones que se sumaron, por convicción y deseo de justicia, a las filas patriotas.
Su apoyo a la causa emancipadora no fue pasivo; fue un torbellino de coraje en la vanguardia. La historia dignifica hoy sus nombres: hombres como el célebre Inocencio Chincá, de la indomable Tribu Betoyes de Tame, Arauca, cuyo heroísmo quedó grabado a sangre y fuego; o los valientes José Turmero de Tocancipá y José Chunza de Sopó, quienes cambiaron sus resguardos por el fragor del combate. Todos ellos entregaron su vida heroicamente en las batallas que rompieron las cadenas del imperio. Esta obra nos recuerda que los cimientos de nuestra libertad están profundamente hundidos en las raíces ancestrales de nuestra tierra.